sábado, 23 de mayo de 2009

Liturgia Eucarística Romana: Parte 3ª: El ofertorio, las materias sacrificiales y su colocación.

En todas las liturgias se conoce la tendencia a convertir en ceremonia lo que en sí es simple acción exterior necesaria para el desarrollo del rito. En las liturgias orientales esa tendencia ha convertido el simple traslado de las materias sacrificiales en solemne procesión llamada Entrada Mayor. En la liturgia romana esa tendencia se manifiesta en el acto de depositar las materias sacrificiales encima del altar.
A veces, incluso la misma elaboración del pan se ha convertido en ceremonia. Los sirios occidentales tienen un rito especial compuesto de dos partes para la preparación de la masa y la cocción, acciones acompañadas de salmos. Los abisinios ponen junto al templo una dependencia llamada “bet-lejem” (casa del pan-Betlehem) donde trasladan al principio de la misa las ofrendas del altar. Desde luego en todas las liturgias orientales esta vedado a las mujeres cocer el pan y ni siquiera son admitidos para este trabajo los seglares.
Parecidos ritos se conocieron en Occidente durante la Edad Media. En el convento alemán de Hirsau en el siglo XI el trigo tenía que ser escogido grano por grano, el molino debía limpiarse con esmero y cubrirlo con cortinas blancas. El monje encargado de la molienda vestía alba y amito. Del mismo modo vestían los cuatro monjes que preparaban la masa y la cocían. Durante este trabajo guardaban silencio para que el aliento de sus bocas no tocase el pan. En otros conventos solían cantar salmos durante este proceso. Acto tan solemne, sin embargo, se repetía solo unas pocas veces al año. Entre el clero secular de la Edad Media existían semejantes costumbres. Actualmente suelen ser las monjas de clausura, en España tradicionalmente las clarisas, las encargadas de estos trabajos.
*
Formas y clases de pan.
*
En los primeros siglos el pan usado para la consagración era pan ordinario, que se procuraba fuera de la mejor clase que hubiera. Pan, muy fino, que tenía forma de rosca del tamaño de una mano. Eran las famosas “coronae” de las que habla San Gregorio. No se empleaban recientes sino que esperaban hasta que estuvieran bien secos. Y así se introdujo la costumbre de cocer un pan especial, redondo y partido por una cisura en forma de cruz, con un sello (lo más frecuente era la XP entrelazada -el crismón- del nombre griego de Cristo). En la liturgia griega, la hostia destinada al celebrante era rectangular y en sus cuatro secciones, divididas por la cisura, se leían las palabras “Jesucristo, vence” (JC CP NI KA)
Todas estas clases de panes eran panes con levadura. Las primeras noticias del uso de pan ázimo son del siglo IX y aparecen en España y Francia basadas en la voluntad de adecuarse a lo que debió ser la cena pascual. Influiría también la sentencia paulina “…echad fuera la vieja levadura” (I Cor. 5,7) entendiendo que la levadura fomenta la corrupción.
Sea como fuere, el pan ázimo no se impuso como norma hasta el siglo XI, época en que triunfó en Roma. Los griegos rechazaron esa innovación y esa cuestión fue esgrimida entre las razones del cisma. Pero es una inexactitud pensar que en Oriente no se usó nunca pan ázimo ya que los armenios, desde que se hicieron monofisitas, así como no mezclaban agua en el vino tampoco levadura en el pan, por considerar ambos gestos símbolos de la naturaleza humana. En el siglo XV el concilio de Florencia declaró que la eucaristía se podía celebrar igualmente con pan ázimo o fermentado con tal que fuera pan de trigo.
El pan ázimo se impuso sin duda porque al ser pan más blanco parecía más una materia espiritualizada pero también por facilitar su manejo. Pronto se cayó pues en la cuenta de que era más práctico y más reverente llevar preparadas de antemano las partículas. En el siglo XI ya tenemos constancia de las actuales formas “in modum denarii” (a manera de monedas). Como consecuencia de estos cambios se redujo el tamaño de las patenas que, provistas de un pie habían alcanzado los 60 cm de diámetro, con un peso de nueve kilos. Es la época en la que comienzan las “píxides” que con el tiempo se convertirán en nuestros copones actuales. Desde la reforma del 69 ha vuelto la tendencia hacia las píxides aunque desgraciadamente y en contra de las prescripciones han proliferado indignas canastillas de mimbre y paja recubiertas de servilletas o bandejas de cerámica del todo inapropiadas…
*
El vino.
*
Menos cambios hay que registrar en el uso del vino. En Oriente se prefería generalmente el vino tinto por distinguirse mejor del agua y ser más semejante su color al de la sangre. Pero desde que se impuso el uso del purificador, a partir del siglo XVI, prefieren más bien vino blanco por más limpio. En España e Italia siempre hemos preferido un excelente vino dulce de uva base moscatel o vino de uva pasa, lo que en Italia se llama “vino appassito d´altare”. Ese procedimiento de elaboración se extendió a las regiones donde se hacía difícil conseguir vino, como en Etiopía, donde se procuraban uvas pasas que se mojaban hasta quedar bien empapadas, para luego exprimirlas en el lagar.
*
La deposición o colocación de ofrendas encima del altar.
*
Veamos ahora cómo las acciones preparatorias sobre las materias, su traslado al altar y su colocación encima de él, dieron lugar a las diversas ceremonias en distintas liturgias.
El traslado de los dones al altar, que en nuestra liturgia romana nunca llegó a hacerse con ceremonia especial, en la liturgia bizantina sustituye prácticamente a nuestro ofertorio. Veamos como es esta preparación del pan y del vino encima de la mesa con las oraciones que la acompañan:
1º De las ofrendas que los fieles han depositado antes de la misa en una dependencia junto al templo, se preparan las hostias que hay que consagrar en una mesita especial llamada “prótesis”. Esta preparación llamada “proscomidia” exige 5 panes de los que se recortan determinadas partículas.
2º Del primer pan se separa la forma rectangular del celebrante llamada “cordero”, del segundo, una partícula en honor de la Virgen, del tercero nueve partículas para honrar la memoria de los santos, del cuarto un número indeterminado para encomendar a diversas personas y del quinto, finalmente, otra cantidad para recordar a los difuntos. A estas dos últimas series podían contribuir libremente los fieles.
3º Todas estas partículas se ordenan encima de una patena llamada “diskos”, que se traslada en solemne procesión al altar entrando en el presbiterio por la puerta principal del iconostasio. En Egipto se hace una procesión que da la vuelta al altar.
En la primitiva liturgia hispanovisigótica (mozárabe) se ordenaban sobre el mismo altar las partículas en forma de una o varias cruces, detallando San Ildefonso de Toledo en el año 845 cómo hacerlo. En la actual, después de la fracción, o sea inmediatamente antes de la comunión, se ordenan las partículas en forma de cruz para expresar el recuerdo de la pasión, resurrección, ascensión, y demás misterios de la glorificación.
Conviene explicar estos particulares para ilustrar con ellos ciertos detalles de nuestra liturgia romana, explicándonos mejor algunos aspectos secundarios del ofertorio.
En el culto estacional de la liturgia romana, el altar era una simple mesa pequeña, y sólo al final de la liturgia de la Palabra empezaban a prepararla. Hasta ese momento el altar estaba cubierto con un tapete de color (del que se derivó más tarde el antipendio o frontal). Inmediatamente antes de la misa sacrificial el diácono llevaba en una bolsa un mantel blanco, plegado y metido dentro. Es el corporal de entonces, que cubría casi todo el altar, como fue costumbre en las misas papales hasta hace poco. Huellas de esa costumbre permanecieron en la misa solemne hasta la reforma del 69 cuando el diácono durante el Credo llevaba los corporales al altar. La “palla corporalis” que así se llamaba el mantel, conservó aún más tarde, cuando era mucho más pequeña, un pliegue que permitía doblarla de tal modo que con su parte posterior se pudiera cubrir durante la misa el cáliz y la forma. En la baja Edad Media se separa esta parte del corporal para formar con ella la “palla” o palia, mientras que el trozo principal se convirtió en nuestro corporal.
Una vez preparado el altar se colocaban sobre él el pan y el vino, cosa que en el culto estacional pertenecía al archidiácono que, ayudado por subdiáconos, escogía de entre las oblaciones de los fieles aquellas que formarían parte del sacrificio eucarístico, colocándolas en orden fijo sobre el altar. También preparaba el cáliz al que uno de los cantores echaba unas gotas de agua. Acabado todo esto en silencio y sin rezar formula alguna, el papa abandonaba su cátedra, iba al altar lo besaba y recibía las ofrendas de los asistentes añadiendo la suya propia, depositándolas encima del altar. Luego hacía una señal a la schola para que terminara el canto y pudiera decir en voz alta la única oración del ofertorio, la “super oblata”, que más tarde se convirtió en la “secreta” y que con la reforma del 69 volvió a su denominación originaria.
En la próxima parte, que será la última dedicada al ofertorio, veremos en particular el origen de las oraciones sea del modo extraordinario (misal del 62) como del ordinario (misal del 69) así como su razón.
Próximo capítulo: “Parte 4ª: El ofertorio: Las oraciones de ofrecimiento”
Extraído de Germinans Germinabit.

No hay comentarios:

Publicar un comentario